Revista N° 56 - 2011

Reseñas y Comentarios

Hechos, ideas y vivencias de los exilios

Por Albino Gómez
Periodista, escritor y diplomático.

A partir de su experiencia personal, como así también de la información que fue recogiendo de testimonios de argentinos en el exterior, el autor reflexiona sobre las causas de la emigración –en el pasado y en el presente– y las sensaciones que provoca el hecho de vivir fuera del país de origen. A su vez, compara las distancias culturales que separaban a las naciones en el siglo diecinueve con el acercamiento facilitado por las nuevas tecnologías en el siglo veinte y, sobre todo, en la actualidad, cuando todo se vuelve cada vez más instantáneo y monocultural.

No voy a referirme a la historia de esta institución que es el exilio, de las pocas bastante respetadas en nuestro Continente, porque comienza con Adán y Eva, que fueron los primeros exiliados o desterrados, nada menos que del Paraíso, y por una autoridad realmente inapelable. Además lo encontramos en la Biblia, en Grecia y en Roma, donde bajo la forma de ostracismo se lo equiparaba a una muerte civil. Y si quisiera referirme a todas las variantes posibles incurriría en un exceso innecesario, verdaderamente casuístico, al menos en este espacio periodístico.

Por otra parte, la verdad es que desde el punto de vista técnico-jurídico-político nunca fui yo un exiliado. Pero lo he sido sí, y varias veces, desde un punto de vista existencial, vivencial, emocional.

Aunque como la mayoría de los argentinos no desciendo de aztecas, mayas, incas o de otros pueblos ahora llamados originarios, sino que desciendo de los barcos, no llegué a conocer a mis abuelos maternos que llegaron aquí desde Italia, pero no como exiliados políticos sino como inmigrantes. Además, mis abuelos paternos eran argentinos. Seguramente por ello nunca escuché en mis primeros años hablar de nostalgias por una patria perdida, añorada y lejana. Sí, en cambio, supe más tarde, por las conversaciones de los mayores en mi casa, de los refugiados españoles republicanos que llegaron a nuestro país finalizada la dramática Guerra Civil, que fue seguida aquí casi como algo propio. Luego conocí en mis años juveniles a hombres de gran valor como Claudio Sánchez de Albornoz, Jimenez Azúa, Rafael Alberti. Y también tuve compañeros de estudio, paraguayos, bolivianos y peruanos, que llegaron a nuestro país porque sus padres sufrían persecución política en sus propias naciones. Vale decir que los exilios llegaron a mí a través de vivencias ajenas pero lograron despertar mi total empatía.

Desde el punto de vista técnico nunca fui yo un exiliado, pero lo he sido sí, desde un punto de vista vivencial, emocional

Tal vez fuese por eso que cuando me radiqué en el exterior en mi primer puesto diplomático, en la Misión Argentina ante las Naciones Unidas, en la ciudad de Nueva York, aunque nada tenían que ver mis funciones con la colonia argentina allí residente, le dediqué bastante tiempo al contacto con muchísimos de sus integrantes, que por supuesto eran de muy diversas ocupaciones y profesiones. Por otra parte, en una ciudad cosmopolita al máximo como Nueva York, pude también establecer relaciones sociales y hasta amistad con muchos integrantes de colonias procedentes de nuestro Continente. Como estoy hablando de la década de comienzos de los sesenta, los nuestros no eran en su mayoría técnicamente exiliados, ya que habían salido de la Argentina voluntariamente, por razones laborales, buscando mejores oportunidades de estudio, para hacer investigación o simplemente por espíritu de aventura. Así me encontré con técnicos, médicos, químicos, ingenieros, dentistas, comerciantes, periodistas, profesores universitarios, simples laburantes, mozos de restaurant, empleados de hoteles, de compañías aéreas, mecánicos de automóviles, entre otros.

Por supuesto, no faltaba el consabido Club Argentino donde se conseguía yerba, dulce de leche, factura, diarios y revistas, se daban clases de inglés, o se organizaban asados y campeonatos de truco. Esto se repitió años más tarde en Washington cuando me desempeñé en nuestra embajada como consejero cultural y de prensa, donde mi conexión con la colonia argentina ya tenía más que ver que en Nueva York con mi propia actividad oficial. Pero, claro está, la colonia argentina allí era mucho más reducida que la neoyorkina y más uniforme en orden a actividades laborales, pero tampoco específica o técnicamente integrada por exiliados en el sentido político del término. Pero ya a esta altura necesito señalar que, si bien el exilio político puede resultar el más doloroso, porque en primer lugar es involuntario y en la mayoría de los casos se ha producido para salvar la libertad o la vida de quienes lo padecen, creando en general una permanente ansiedad sobre las posibilidades de su finalización para poder regresar en cada caso al país de origen, de todos modos, cuando el exiliado, cualquiera sea su naturaleza, está fuera del país de su cultura y de sus afectos, puede padecer de similares sentimientos y emociones que los perturba tanto como a sus familiares. Yo viví en el exterior como diplomático y como periodista. Por supuesto se trató entonces de elecciones personales, que podemos llamar voluntarias o libres, aunque en ambos casos estaban también determinadas o condicionadas por deberes profesionales, y la sensación de la distancia, la de echar de menos costumbres, paisajes, amigos y afectos, no fue nunca demasiado distinta de la de otros argentinos. Por otra parte, durante la última dictadura militar, a pesar de mi total falta de militancia o actividad política, una grosera lectura sobre el sentido de lo hecho y publicado por mí desde 1958 hasta 1974, determinó no solo algunas sanciones de tipo político sino incluso mi cesantía en el Servicio Exterior durante el tercer gobierno de Perón, y mi regreso al periodismo diario. Pero además, también mi salida del país como salvaguardia, a Estados Unidos, para representar a la Flacso (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) durante un tiempo y luego a Clarín. Recién pude regresar con seguridad en 1981 y ser reincorporado a la Cancillería por Ley del Congreso en 1984, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín.

Los argentinos, en general, éramos entre los latinoamericanos, los que más sentíamos la nostalgia por la patria lejana

Pero volviendo nuevamente a lo general, lo que sí pude siempre comprobar es que los argentinos, en general, éramos entre los latinoamericanos, los que más sentíamos la nostalgia por la patria lejana, por nuestro propio país.

Todo este tipo de experiencias me acompañó en otros países de distintas maneras, en orden al mayor o  menor tamaño de las colonias, pero no por otro tipo de diferencias. Además, hay que comprender que hasta mediados de la década del setenta no había siquiera fax, y pasó todavía más tiempo para ir llegando a todo lo que tenemos hoy en materia de tecnología: los mails, Internet, las facilidades de las comunicaciones telefónicas, las pantallitas con imagen, el acortamiento de las distancias. Clarín y La Nación llegaban en paquetes semanales que tardaban unos diez días para tenerlos en Nueva York, y de igual modo las cartas. Por lo cual, recién hoy, que vivimos en la instantaneidad total, pienso en lo extraordinario que era que los destinatarios aceptáramos como algo totalmente actual lo que nuestros remitentes nos dijeran en los textos firmados diez o quince días antes. Se tratase de un estado de salud como del amor, hoy, un destinatario se preguntaría, por ejemplo, si ese “te quiero”, dicho diez días atrás, podría tener vigencia actual. Todo esto parece banal o un juego de humor. Pero las insalvables distancias creaban muchísimas incertidumbres, de todo carácter.

Era extraordinario que aceptáramos como algo totalmente actual lo que se decía en textos firmados diez o quince días antes

Después tuve otro tipo de experiencia, muy dramática, que fue la vivida en el Chile de Salvador Allende, cuando se produjo su derrocamiento y me tocó ocuparme de otorgar los refugios en nuestra embajada en Santiago, que alcanzaron durante el primer mes a más de cuatrocientas personas, entre ellas muchas mujeres embarazadas, y luego gestionar en nuestra Cancillería el otorgamiento del asilo correspondiente con la salida hacia la Argentina, lamentablemente tan peligrosa entonces para ellos, casi como el seguir en Chile. Por supuesto, en cada caso debía yo tomar una declaración para poder justificar mediante ella el otorgamiento del refugio y posterior asilo. Para ello debían demostrar estar en peligro de perder la libertad o la vida, cosa bastante fácil de probar dada la situación que se vivía en Chile inmediatamente después del golpe de Estado. Por supuesto, así como tuve a militantes muy activos, sobre los que no cabía duda de que sus vidas mismas corrían peligro, también se daba el hecho de que solo por ser latinoamericano y vivir en el Chile socialista de Allende, era suficiente para ser sospechoso –para la Junta Militar– de ser militante socialista, comunista o guerrillero. Además, ocurría que, como los alquileres estaban congelados, muchos propietarios encontraron una manera muy fácil de terminar la relación contractual con esos inquilinos latinoamericanos, que era la de denunciarlos como “allendistas”. De inmediato las fuerzas de seguridad se los llevaban con familia completa al Estadio. También debía gestionar sacar del Estadio a todos los argentinos posibles. Claro está que, después de refugiarse en la embajada, con el gran alivio que ello significaba, comenzaba al día siguiente la enorme preocupación por el futuro, por la pena y el dolor de todo lo que habían dejado en sus viviendas y que no podrían tal vez nunca más recuperar, por sus trabajos perdidos, por todo, por ese futuro tan incierto. La angustia de las mujeres embarazadas a las cuales pude darles un alojamiento especial, en un anexo, más independiente dentro de la propia residencia, porque una cosa era tener en los salones de la embajada a cuatrocientos invitados en una recepción diplomática durante dos horas, y otra muy distinta tener esa cantidad malviviendo durante las veinticuatro horas del día, semanas y semanas, tratando de conseguir-les víveres en medio de un general desabastecimiento. Pero no voy a prolongar esta historia ya que solo la he traído para poder explicar lo que fue para mí experimentar directamente las vivencias de organizar un pre-exilio propiamente dicho. Diez años más tarde, cuando fui el primer embajador en Suecia de la democracia restablecida en nuestro país, me reencontré allí con algunos de los argentinos y chilenos que había refugiado en Santiago, y que seguían en Suecia, cuando ya el exilio estaba práctica y jurídicamente terminado, pero entonces venía el gran problema de volver, de ese volver tan añorado, tan querido, pero a la vez también tan difícil de poner en práctica después de diez años vividos en un lugar seguro, que les había dado trabajo y paz, donde los hijos habían crecido y estudiado. Otra de las historias de los exilios y su finalización.

Durante el tiempo anterior a Suecia, cuando estuve en Washington por la Flacso y luego por Clarín, volví a tomar contacto, sobre todo periodístico, con las colonias de argentinos. Mediante muchos reportajes radiales o para el diario, a residentes en Queens, dueños de peluquerías, pizzerías, panaderías, carnicerías… En casi todos los casos, a pesar de que les había ido muy bien económicamente, eso no tenía el mismo valor que hubiese representado para ellos de haberlo logrado en la Argentina. Así, algunos ensayaban volver, y luego comenzaba la historia de empezar a echar de menos lo que habían logrado en el exterior. Y en muchos casos, ese ir y venir, con la angustia de los hijos, muchachos o muchachas, que ya no querían volver a la Argentina. En fin, algo interminable de no poder estar ya bien completamente, ni aquí ni allá.

Ya a principios de los noventa, reintegrado al Servicio Exterior, durante un tiempo sabático quise seguir la primera campaña de Bill Clinton contra Bush padre, y eso me permitió hacer con Ana Barón, que me sucedió como corresponsal de Clarín en Washington, y con mi amigo Mario del Carril, un ensayo que publicó Emecé bajo el título de Bill Clinton, las claves de su gobierno. Pero entonces, a raíz de ese trabajo en común, pude por fin cumplir mis deseos de hacer algo más completo sobre los exilios, ya que los comprometí para hacer conmigo un libro de reportajes a argentinos que se hubieran ido del país sin volver, sin regresar. Y fue así como publicamos, también en Emecé, el libro titulado Por qué se fueron. Tiempo después, ya en Buenos Aires, encaré solo otro libro de reportajes a argentinos que habían vuelto del exilio a nuestro país, y que publicó Homo Sapiens con Editorial Tea bajo el título Exilios (¿Por qué volvieron?).

Al tomar contacto con las colonias de argentinos, percibí esa sensación de no poder estar bien completamente, ni aquí ni allá

Con dichos libros  no pretendimos en el primero, ni pretendí yo en el segundo, hacer una investigación sociológica sobre las migraciones argentinas, sino producir tan solo textos testimoniales, vivenciales, producto de la muy larga serie de entrevistas que hicimos a argentinos en varias ciudades del mundo -obviamente, no en todas las que hubiéramos deseado- y cuya selección final -ya que no podíamos incluir la totalidad- se fundó, no sólo en la diversidad de los entrevistados, sino también, en su mayor representatividad del plexo de motivaciones que llevaron –y siguen llevando– a nuestros compatriotas al exterior, teniendo muy en cuenta la expresividad de los sentimientos, en general ambivalentes, que dicha situación de tener que vivir fuera del país, como la de tener que volver, conlleva. Además, todos sabemos que la Argentina fue históricamente un país de inmigración, y que dicha característica abarcó, claro está que con subas y bajas, casi un siglo: desde la segunda mitad del siglo diecinueve hasta la primera mitad del siglo veinte. Pero luego, tal tendencia fue modificándose gradualmente para transformar a la Argentina en un país de emigración, sobre todo en los sectores de clase media, con un alto componente de profesionales, intelectuales, artistas, científicos y técnicos, que implica para nuestro país ese lamentable problema conocido como la fuga de talentos o pérdida de cerebros.

¿Qué hechos produjeron esta reversión de las circunstancias?

En general, la inseguridad de carácter político y de carácter económico fueron los principales contribuyentes a la emigración de los argentinos durante los últimos cincuenta años. Y esto ha comprendido desde las situaciones más dramáticas de persecución política y falta de libertad, hasta la simple atracción por un mejor nivel de vida, o por más altos niveles técnicos, o por el progreso científico y la calidad de la enseñanza en los países desarrollados. También en estos últimos años, ha sido un factor determinante las dificultades para encontrar empleo, para profesionales jóvenes o de edad mediana. Al responder a las preguntas de por qué se habían ido, los entrevistados no sólo contribuían a explicar las causas de la emigración, sino que además brindaban una radiografía de nuestro país, enfrentándonos a un espejo especial que reflejaba desde afuera lo que éramos y somos por dentro. Por lo general, en sus testimonios, la nostalgia apasionada se mezclaba con la crítica severa, hasta con la bronca, lo que permitía percibir en sus discursos, una dualidad entre la Argentina que añoraban y la Argentina que los había obligado a salir. El resultado constituía una visión de nuestra realidad que desafiaba a reflexionar desde otras perspectivas, y que podía ayudar a comprender mejor el por qué somos como somos.

La inseguridad política y económica contribuyó a la emigración de los argentinos durante los últimos cincuenta años

Por ejemplo, uno de los entrevistados señalaba que la enorme distancia que siempre existía entre el mundo cultural e intelectual y el mundo político, había sido uno de los graves problemas de la sociedad argentina. Otro afirmaba que el modelo de la Argentina que había nutrido su infancia se había degradado, pero no creía que lo político y lo institucional constituyeran una explicación suficiente de dicha degradación.

También pudimos comprobar que para muchos argentinos descendientes de europeos, emigrar a Europa fue como una suerte de retorno. Porque en nuestro país, los recuerdos, las costumbres y las tradiciones conservadas por cientos de familias que inmigraron desde Europa lograron estimular la imaginación de las nuevas generaciones, haciendo posible la vivencia del retorno a las raíces familiares. No obstante, la emigración de estos argentinos a los orígenes, contrastaba mucho con el salto al vacío que realizaron sus antepasados cuando vinieron a la Argentina.

En cambio, respecto de la emigración argentina a países tales como –por ejemplo– Estados Unidos, Canadá o Suecia, por regla general, presentaba un cuadro muy distinto al que acabo de mencionar. En primer lugar, porque son contadas las familias argentinas con antepasados norteamericanos, no muchas las que tienen antepasados suecos y prácticamente inexistentes las familias con antepasados canadienses, pero además, hay que tener en cuenta la naturaleza de la vida social en esos países que, según algunos testimonios, es aparentemente menos humana y familiar que la de nuestra sociedad. De modo tal que, por más integrado que esté el argentino en cualquiera de esos tres países –o en algunos otros de culturas similares– padecía con frecuencia de ciertas vivencias de soledad, que también suelen sufrir los propios integrantes de la sociedad local, pero en el caso de los inmigrantes, dichas vivencias se ven agravadas por la carencia de un punto de referencia social y cultural compartido.

Sin embargo, esas soledades, que en parte son una consecuencia de la descentralización y creciente especialización de la vida moderna, se dan al lado de una gran riqueza de recursos humanos y materiales, yuxtaposición ésta que frecuentemente tiene un efecto catalizador.

También comprobamos que para muchos argentinos descendientes de europeos, emigrar a Europa fue como una suerte de retorno

También fue comprobable que algunos de los argentinos que emigraban a los Estados Unidos, tenían la actitud golondrina de los europeos del fin del siglo pasado, que venían a la Argentina para hacer la América y después, regresar a sus países de origen. Estos argentinos no iban o no van todavía a los Estados Unidos con una verdadera intención de emigrar, aunque después puedan eventualmente radicarse definitivamente allí. Lo mismo ocurre con aquellos otros que, habiendo viajado a dicho país sólo temporalmente para especializarse, luego se van quedando para siempre, aun sin haberlo programado así. Por otra parte, volver es un desafío distinto y, quizás, más grande que irse. En todo caso, rara vez es fácil. Por eso, no son pocos los argentinos que, mucho más que haberse ido, lamentan no haber podido volver.

Para los integrantes de minorías perseguidas que emigraron a la Argentina, como la judía, la armenia o la árabe, un retorno, vale decir la emigración al origen familiar, constituye una experiencia más compleja que para los in-migrantes que llegaron a nuestro país desde Europa Occidental. Por ejemplo, Israel puede ser la tierra prometida para un judío, sin que por ello forme parte del pasado de su familia que ha emigrado a la Argentina desde Rusia o de lo que hoy es Polonia.

Muchos de los emigrantes judíos que se establecieron en la Argentina provenían de regiones del Imperio zarista, donde habían sido perseguidos. Y el recuerdo de esa persecución unido al agradecimiento al país que le ofreció refugio y una nueva vida, contribuyeron a inculcar en muchos descendientes de los inmigrantes judíos un intenso sentimiento nacional argentino.

Por otra parte, conviene seña-lar que, en términos generales, la creciente globalización de las sociedades y de las culturas regionales, proceso que empezó hace siglos, tiene un efecto cada vez más claro sobre la naturaleza de la emigración. El antropólogo Claude Lévi Strauss comenta en Tristes Tropiques (1955) que hace tres siglos, viajar ponía al viajero en contacto con civilizaciones radicalmente distintas a la suya; hoy, eso ocurre raramente, o en todo caso, las eventuales diferencias son previamente conocidas y no producen mayor sorpresa o extrañeza. Además, las actuales comunicaciones son instantáneas, gracias, como ya lo dijimos, a toda la moderna tecnología satelital, a los teléfonos, de línea o celulares, a la Internet, al correo electrónico, al fax, al módem, y a las pantallas de los ordenadores que pueden reproducir las imágenes de los interlocutores. Y están al alcance de todo viajero. Por ello, la observación de Levy Strauss de que “La humanidad ha optado por una monocultura”, salvo excepciones, es cada vez más cierta.

La globalización de las culturas regionales tiene un efecto cada vez más claro sobre la naturaleza de la emigración

Tan cierta es, que cualquier viajero puede hoy ver en las vidrieras de los pueblos turcos, los mismos productos que se exhiben en New Haven, Estados Unidos. Del mismo modo que los shopping centers de Buenos Aires están hechos a imagen y semejanza de los malls de Estados Unidos, ejerciendo en ese país, como en el nuestro, la misma fascinación, que hoy ya se ha trasladado a China.

Así las cosas, en este comienzo del siglo veintiuno, el acto de emigrar puede ser un salto al vacío mucho menor que el de fines del siglo pasado. Porque en definitiva, hoy, después del salto, casi siempre se aterriza en un aeropuerto parecido al que se dejó y en una sociedad de consumo cuya dinámica no es tan distinta de la propia. Incluso, a veces resulta más fácil pasar de una cultura a otra, viajando dentro de un mismo país, que haciéndolo de un país a otro.

No sería justo dejar de mencionar que, desde los albores de nuestra historia, la violencia y la intransigencia política o, cuando menos, la incomprensión, determinaron el exilio de muchos de nuestros próceres. En tal sentido, San Martín, por ejemplo, a quien los sectores más dispares reivindican como el ejemplo superlativo de argentinidad, expresó como pocos el rechazo u hostilidad del adentro. También están los casos de Moreno, Echeverría, y Alberdi, figuras tutelares todas ellas del siglo diecinueve, que murieron en ese afuera, hacia el cual saltaron por compulsiones que no se debían al azar sino a la inclemencia de una patria que los rechazaba. Recordemos a Rivadavia, que murió en España; Sarmiento, en Paraguay. Y Borges y Ginastera, que eligieron a Ginebra como el paisaje de su muerte, lo cual quizá, pueda entenderse como una recriminación sesgada, oscura, al paisaje de su vida. O está Juan D. Perón mismo, quien durante los dieciocho años de su exilio manifestó una y otra vez la voluntad de “ir a tirar los huesos en la pampa”, aun cuando luego, al volver, dijera que “no se hallaba”, que no sabía dónde poner el cuerpo.

Lo que nos revelaron aquellas entrevistas fue una dimensión de la vida argentina que frecuentemente se pasa por alto, sin una mera indagación y menos aún, asombro o contestación, no obstante constituir ella, una compleja y dolorosa realidad que merecería una reflexión sistemática.

Tal vez deba disculparme en esta nota por haber sido excesivamente autorreferencial, pero es que yo era la persona que tenía más a mano.

Julio Cortazar decía: “Ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos”. Y agregaba: “Vos ves la Cruz del Sur, respirás el verano con su olor a duraznos, caminas de noche mi pequeño fantasma silencioso, por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires”.