Revista N° 63 - 2015

Debates

La desigualdad en el siglo XXI

Por Frank Hoffer
Coordinador de Global Labor University. Investigador principal de la Oficina de Actividades para los Trabajadores de la OIT.

Este trabajo se basa en los resultados de un proyecto realizado con la Global Labour University (GLU), donde se analiza la escala de la desigualdad, su impacto en las sociedades, sus principales motores y algunas propuestas políticas que podrían tornarse en soluciones.

Podemos preguntarnos ¿por qué hablamos tanto sobre desigualdad? Algunos dicen que quienes quieren igualdad pretenden que todos sean iguales, pero si uno está combatiendo la desigualdad justamente está haciendo lo opuesto. Es decir, queremos que la diversidad de las personas y las distintas capacidades puedan florecer, para lo cual se necesita un cierto nivel de igualdad económica. De lo contrario, como dijo el premio nobel de Economía indio Amartya Sen, la desigualdad y la pobreza privan a los pobres incluso de la posibilidad de imaginar una vida mejor y de tener los sueños que son capaces de lograr.

LA ESCALA DE LA DESIGUALDAD

Respecto de la escala de la desigualdad, Branko Milanovic, que trabaja en el Banco Mundial, ha hecho algunos cálculos sobre el coeficiente de Gini global, que mide justamente la desigualdad en la sociedad (si es 1, significa que una persona tiene todos los ingresos, y si es 0 que hay una distribución igualitaria de los ingresos), en los términos de que con más expansión ésta se resol- vería. Vemos que desde 1820 la desigualdad ha crecido. Tenemos en el mundo en los últimos años un coeficiente de Gini del 70,7 por cien- to, en la Argentina está aproximadamente en 48 por ciento, en Estados Unidos 46 por ciento y los países europeos tiene un 30 por ciento de promedio. Pero en todo el mundo tenemos una profunda desigualdad que no ha disminuido. Aun cuando en China y en otros países ha habido algún crecimiento, ésta ha sido muy desigual dentro de la sociedad.

Pero, ¿por qué nos preocupa tanto la desigualdad? En nuestra investigación identificamos por qué la pobreza y la desigualdad son un problema.

Primero, el argumento de que no debería preocuparnos la desigualdad porque si hay crecimiento económico las personas pueden empezar a salir de la pobreza no es válido, porque la mayor parte de la pobreza no es absoluta, sino que es lo que llamamos pobreza relativa. Esto significa que si alguien gana, por ejemplo, menos del 60 por ciento del ingreso medio de una sociedad, está privado de ser un ciudadano pleno. No va a poder enviar a sus hijos a las escuelas que quiera, ni va a poder participar de la vida social de la comunidad. Entonces, si la desigualdad comienza a aumentar, vamos a tener una gran cantidad de personas que estén en lo que llamamos pobreza relativa de la sociedad. La desigualdad en sí misma es la que va a disparar la pobreza, ya que va a excluir a una gran parte de la población de lo que llamamos ingreso promedio.

Si tenemos una gran desigualdad de ingresos, la tentación de los ricos de tratar de comprar la democracia muchas veces parece irresistible

Luego tenemos la cuestión de la igualdad de oportunidades. Sabemos que la mayoría de los liberales han dicho que no puede haber ingresos igualitarios sin oportunidades igualitarias. Es decir, todos deben poder ir a la escuela, y quien tenga éxito van a tener un mejor ingreso. Y aquellos que no tengan tanto éxito, tendrán un ingreso menor. Pero ahora lo que estamos entendiendo es que si tenemos una distribución desigual del ingreso, no vamos a tener igualdad de oportunidades. Se ha investigado acerca del concepto de movilidad social, es decir, cuáles son las posibilidades de poder ascender en el nivel social comparado con, por ejemplo, nuestros padres. El argumento del sueño americano es que todos en Estados Unidos pueden ascender en la escala social y pasar de ser pobres a ser ricos. Pero hoy la investigación ha demostrado que si uno quiere vivir el sueño americano, mejor que vaya a Dinamarca o a Suecia. Los países que tienen mayor igualdad son justamente aquellos que ofrecen iguales oportunidades. Si todos quieren tener la misma posibilidad de alcanzar algo, hay que asegurarse que desde el comienzo se tenga igualdad en los ingresos.

 

PIRÁMIDE DE RIQUEZA GLOBAL

Fuente: Credit Suisse Global Wealth Databook

 

El tercer punto tiene que ver con la democracia. Hemos visto más de una vez que si tenemos una gran desigualdad de ingresos la tentación de los ricos de tratar de comprar la democracia muchas veces parece irresistible. Si algunos pocos ricos tienen el control de los medios, como la gente de Berlusconi, creen que pueden comprar puestos políticos en una campaña, o como el intendente de Nueva York, Michael Bloomberg, que fue nominado por el partido, y dijo “bueno, voy obviamente a invertir con tal de ser intendente”. Así que tenemos que tener en cuenta que el poder económico merece también un límite porque si no siempre la democracia va a estar sujeta al poder económico.

También tenemos la cuestión de la seguridad pública. Por lo general, se puede caminar por las calles de las ciudades europeas, y uno ve que la gente disfruta del espacio público. Si uno va a Johannesburgo, en el país con mayor desigualdad en el planeta, en seguida vemos que el espacio público ha desaparecido. La gente no puede caminar libremente por las calles porque temen a los pobres; los ricos viven detrás de rejas. Esto priva justamente a la sociedad de vivir en conjunto. Los ricos empiezan a excluirse de la sociedad. Si queremos tener una sociedad inclusiva, entonces tenemos que poder contar    con seguridad. Y si queremos paz social también tenemos que compartir hasta cierto punto los beneficios del proceso productivo de la sociedad. Porque, si no hacemos esto, tardeo temprano vamos a tener protestas y descontento social. Tenemos muchos ejemplos de esto. Cuan- do la sociedad empieza a protestar es porque está totalmente descontenta.

Donde existe una gran desigualdad, también observamos dos factores que tienen un gran impacto en el medio ambiente. Uno tiene que ver con que las personas adineradas establecen el patrón para el resto. Es decir, si uno ve que aumenta el patrón de consumo de los ricos, el resto va a desarrollar el mismo patrón. Estados Unidos no puede decirle a los chinos que no consuman aire acondicionado o automóviles, si son justamente ellos quienes los fabrican. Entonces, cuanta más desigualdad tenemos, mayor va a ser el impulso hacia el consumo permanente.

La desigualdad también significa que los ricos pueden comprar muchas soluciones a los problemas ambientales, lo que va en perjuicio de los pobres

La desigualdad también significa que los ricos tienen la opción de comprar muchas soluciones a los problemas ambientales, lo que va en perjuicio de los pobres. El ejemplo clásico es el de las botellas de agua. Ya que no se puede producir agua limpia para todos, los ricos compran agua embotellada y el resto que se arregle con lo que quede. Y lo mismo con el aire acondiciona- do y demás. Entonces, si queremos tener un planeta, una atmosfera y recursos, debemos reducir la desigualdad en ese sentido.

También analizamos el hecho de qué hace la desigualdad con muchos indicadores para nuestra vida. Hay dos investigadores, Wilkinson y Pickett, que analizaron el nivel de desigualdad en la sociedad y su impacto en la esperanza de vida, el analfabetismo, la mortalidad infantil, los homicidios, prisión, obesidad, enfermedades mentales, movilidad social y demás. Lo que podemos ver es que cuanto menor es la desigualdad de ingresos, mejor se muestran los indicadores sociales. En sociedades desiguales incluso los ricos mueren antes ya que debe ser muy estresante vivir como rico en una sociedad profundamente desigual, tanto que hasta impacta en la esperanza de vida. Si uno quiere tener una sociedad inclusiva, entonces los resultados en ese sentido van a ser mejores incluso para los más ricos.

 

CAMBIOS EN EL DEBATE

Lo que también hemos observado en los últimos años es un cambio en el debate sobre la desigualdad. Este cambio ha sido uno de los pocos éxitos de la izquierda de los últimos años.

En los comienzos de este debate se decían que no era necesario hablar de desigualdad mientras la marea mantuviera a flote a todos los botes. Luego nos dimos cuenta de que la marea no mantenía a flote a todos los botes, ya que no todos participan del crecimiento económico. En Estados Unidos tenemos que el 1 por ciento de los botes flotan, y el resto queda abajo. O en India, donde el 70 por ciento de la población es ajena al crecimiento. En China podemos ver que muchas personas pueden salir de la pobreza, pero no es cierto para todas las sociedades, además de que el efecto es muy lento. Si comparamos China con Brasil, vemos que China tiene una tasa de crecimiento tres veces mayor que Brasil, pero en Brasil han podido erradicar a una mayor cantidad de personas de la pobreza.

Como parte de este debate, vimos el argumento que dice que la desigualdad es justa, porque se basa en el mérito de las personas. Aquellos que trabajan mucho me- recen mayores ingresos, entonces la desigualdad es una expresión de la justicia del mercado. Ahora bien, ésta es la ilusión de los exitosos.

Lo que determina nuestro ingreso son los siguientes puntos: el país en que nacemos, el color de piel que tenemos, el género y a qué clase pertenecemos. Y después hay una serie de características personales, como por ejemplo, nuestro aspecto –las personas que tienen un mejor aspecto muchas veces tienen más éxito–. Y nada de esto tiene que ver con el mérito. Si uno nace como una niña negra en una comunidad rural en Malawi, las posibilidades de tener un buen ingreso son casi nulas. Si uno nace como un muchacho de raza blanca en Manhattan, en la 5ta Avenida en el piso 20, probablemente las chances de ser rico son mayores. El supuesto de que el mérito es lo que explica muchas de las diferencias de ingresos no es cierto.

Lo que determina los ingresos son: el país y la clase en que nacemos, el color de piel y el género. Y nada de esto tiene que ver con el mérito

 Por eso el debate cambió. La gente empezó a entender que no es sólo el mérito, que hay otras características. De todos modos hubo un acuerdo de que la desigualdad era necesaria. No es deseable, pero es necesaria hasta cierto punto para que la gente tenga incentivo de trabajar más. También se decía que si a los ricos se les paga más y se les da incentivos, la economía iba a crecer más rápido y la productividad sería mayor. Este argumento explica por qué hace 40 años los ingresos de un manager eran treinta veces mayores que los de un trabajador y ahora es trescientas veces mayor. Pero esto no es cierto. No tenemos ni mayor crecimiento económico ni mayor valor de la productividad. El incentivo para los ricos no es absoluto sino relativo. El punto clave no es ganar más dinero, sino ganar más dinero que nuestro compañero, que el otro gerente. Entonces se reducen los incentivos, y eso es lo que se hizo, y se trabajó tanto como antes.

Con la globalización el debate volvió a cambiar y apareció el argumento de que la desigualdad no se basa en el mérito, ni es necesaria, pero es inevitable. La globalización exige competencias de talento, por lo tanto no hay alternativa y hay que pagar más. Lo extraño fue que en países como Japón, muy exitosos durante muchos años y con una baja des- igualdad, a las firmas de este país no les iba peor. También vimos que no había tanta migración internacional de gerentes, y a que muchas empresas tenían gerentes nacionales. Y hemos visto que dentro de la globalización, en distintas sociedades hay distintos niveles de desigualdad. Entonces, no parecía ser tan directo el hecho de que la globalización tenía que ver justamente con la desigualdad.

Después vino la crisis de 2007, y se vislumbró que la desigualdad es un problema. Hubo muchas protestas y señalamos que si tenemos esta brecha en los ingresos y si los altos ingresos son los que gobiernan las economías, vamos a tener una cadena de menores remuneraciones, problemas en el mercado financiero y demás. Y después vino algo interesante: los neoliberales que habían estado defendiendo la desigualdad y que decían que era inevitable, dijeron que tenían la solución. Y plantearon que para resolver la desigualdad tenía que existir una mayor competencia de mercado, más desregulación, y lo único que aceptaron es que debería haber una mejor educación. De esta manera la desigualdad podía resol- verse. Descubrieron que aquellos que tenían una mejor educación lograban mayores ingresos, entonces, si todos pudieran acceder a una mayor educación, todos tendrían mayores ingresos. Algo tonto, porque si uno eleva el nivel educativo de todos, las diferencias relativas permanecen. Además, si uno hace de la educación el único punto que explica la desigualdad, estaríamos diciendo que la solución es un proyecto generacional. Los adultos ya no tienen posibilidades de tener más educación. Entonces, en definitiva, si lo analizamos, vemos que no son necesarios estos elementos de tan largo plazo, ya que son también otras cuestiones políticas, impositivas y de instituciones las que entran en el argumento y en el debate de la desigualdad.

 

ESTADOS NACIONALES

El problema que han estado enfrentando los gobiernos nacionales es que en los últimos treinta años hemos implementado un sistema de decisiones que dificulta la implementación de políticas institucionales que puedan reducir la desigualdad.

El capital va a los países donde tienen ingresos más altos a corto plazo. Esto disparó el proceso que se conoce como financiarización

A principio de los 80 el argumento del pensamiento neoclásico era que podíamos dejar la sociedad librada al mercado y que con más competencia y más mercados libres tendríamos una economía más eficiente. Luego tuvimos mercados de capitales globales, donde el capital puede moverse a todas partes. El argumento era que iban a ir a don- de estaban las mejores oportunidades de inversión. Pero lo que significa realmente es que el capital va a los países donde tienen ingresos más altos a corto plazo. Y esto disparó el proceso que se conoce como financiarización, que es el resultado de lo que llevó a un cambio del equilibrio de poderes entre empresas, capital y mano de obra. Entonces surge una enorme presión sobre los trabajado- res que tienen que responder a lo que los accionistas exigen.

El otro argumento en este sistema neoclásico es que necesitamos del libre comercio para que los bienes se produzcan más baratos y se puedan vender en todo el mundo, beneficiando a todos los países como consecuencia de las ventajas comparativas. De este proceso surgió la idea de competitividad entre países y empresas.

Pero la competitividad también es un término relativo. Significa que un país solamente puede ganar competitividad si otro la pierde. No es cómo producir riquezas, es simplemente quién puede ser más rápido para ser el competidor más barato. En este proceso se puso mucha presión sobre dos fuentes de desigualdad: los contribuyentes de la sociedad y los salarios. Con esta presión súbita- mente los gobiernos asumieron que para mejorar la competitividad del país hay que reducir los impuestos sobre el capital, para que vengan los capitales de todo el mundo, y hay que hacer políticas para que los salarios se puedan adaptar a esta competitividad.

Para readaptarlos salarios, los sindicatos no son parte de la solución sino que son parte del problema. Entonces, lo que se necesitaba era construir instituciones en el mercado laboral que permitan una rápida reducción de los salarios, lo que hace que se inserte un alto nivel de trabajo precario, y se cortan los acuerdos de trabajo y los convenios colectivos. Es decir, si ponemos mucha presión sobre un lado, y ante la necesidad de aceptar estos salarios, se caen las disposiciones de seguridad social y se disminuyen los servicios públicos. Y el problema es que como todas estas cosas están tan interrelacionadas a nivel nacional, el espacio público se reduce. Pero la buena noticia es que no desaparece, sino que se achica. Y uno de los desafíos es encontrar opciones de políticas con las que sin- tamos que podamos usarlas en este entorno y que podrían ser opciones para el cambio.

 

TRES OPCIONES DE POLÍTICA

Ahora voy a presentar tres opciones de políticas. Están agrupadas en: opciones de políticas que uno hace con la parte inferior de la sociedad, otras con las de medianos ingresos y otras con las de mayores ingresos.

Si miramos la parte inferior de la sociedad, donde están aquellos que tienen los menores ingresos, hay algunas políticas bastante sencillas. La primera no causa dinero directo, pero crea la posibilidad de que los pobres puedan organizar se y puedan presentar sus demandas, que es una condición necesaria para el cambio en el equilibrio de poderes. La organización de mujeres y empleadas en India decía: “somos pobres, pero somos muchas”; es decir, los pobres tenemos una voz. En muchos países básicamente los pobres no tienen la capacidad de organizarse o tienen limitaciones para hacerlo.

El segundo punto es que obviamente el nivel de empleo es importante. Y los países que pueden mantener un mayor esquema de empleos públicos pueden brindar algunos incentivos a los pobres para que por lo menos tengan un salario mínimo. India es otro ejemplo de esto que creó un esquema de garantía de trabajos rurales que dice que por lo menos durante cien días por año cada persona tiene el derecho a un empleo público y a un salario mínimo. Esto tiene dos efectos: garantiza un cierto ingreso y permite que las comunidades hagan algún trabajo público en cosas que sienten que necesitan; y en tercer lugar crea un salario mínimo de facto para el sector informal, porque la gente decide si toma un empleo público o si se queda en la economía informal. Obviamente, un piso salarial mínimo en la sociedad es algo que tiene un impacto muy positivo en los grupos de menores ingresos. Brasil es uno de los mejores ejemplos, ya que tuvo una política muy exitosa de salario mínimo en la última década que hizo que mucha gente saliera de la pobreza. Lo mismo si tenemos un piso básico de seguridad social.

Es muy diferente para los pobres si tienen que hacer todos los pagos de sus bolsillos o si por lo menos tenemos educación para nuestros hijos, una pensión básica, una salud básica o si tenemos algún tipo de beneficio si perdemos nuestros trabajos. Lo que marca una gran diferencia en la desigualdad es la cuestión de si tenemos servicios públicos básicos, por ejemplo viviendas públicas, educación gratuita, acceso a la salud pública. Esto determina muchísimo la reducción de la desigualdad en las sociedades. Pero todo esto obviamente tiene dos efectos: cuesta dinero y tiene un impacto relativo en los ingresos de la clase media.

El problema más clásico es el de los empleados domésticos. Hoy en Brasil el 7 por ciento del empleo femenino es de empleadas domésticas. En Suecia, sólo el 0,1 por ciento de las mujeres que trabajan son empleadas domésticas. Esto sucede porque se comprimió la estructura de ingresos y esto reduce la riqueza relativa de la clase media, porque no pueden ya pagar una empleada doméstica. Creo que tenemos que tener esto en mente: si subimos la base, algunas cosas de las que disfruta ahora la clase media van a ser más caras. Por ejemplo, la empleada doméstica, pero también muchos otros servicios. El cambio a restaurantes de auto servicio tiene que ver con que ya no hay tanto personal para atendernos. Y esto tiene un impacto. Y creo que so- lamente podemos aceptar mantener el apoyo de los ingresos de la clase media asegurándonos que los ricos contribuyan a financiar esta política para los pobres.

Tenemos que tener en mente que si subimos la base, algunas cosas de las que disfruta ahora la clase media van a ser más caras

Esto me lleva a la segunda opción de política, que sería la cuestión de cómo limitamos el crecimiento de los salarios altos. Lo primero sería mejorar la capacidad de grabar los ingresos y las herencias de los ricos. Me sorprende que la capacidad de grabar la riqueza de los ricos en muchos países en vías de desarrollo sea muy baja. En un país como India, con casi 1300 millones de habitantes, sólo 13 millones pagan impuesto a las ganancias. Es decir, hay mucha gente que tiene buenos ingresos y que no paga impuestos, y parece ser muy difícil grabar la riqueza, por la resistencia de los ricos, que es muy elevada. Y especialmente con el tema de las sucesiones, que es un concepto totalmente anticapitalista. En el discurso capitalista normalmente se dice que un empresario exitoso gana dinero y con esto aporta y contribuye a la sociedad, entonces es correcto el que sea rico. Ahora, no es mérito de nadie tener padres ricos. Entonces, uno podría pensar que en el concepto del capitalismo dinámico, grabar los acervos hereditarios sería algo que nos resulta incluso justo. Pero se ha demostrado que es muy difícil, porque lo que necesitamos es este concepto de justicia, que nos dice que necesitamos mejorar la capacidad de grabar a los ricos.

Esto lleva al segundo punto, y es que probablemente necesitamos cerrar los paraísos fiscales. Esto es uno de los pocos elementos donde vimos avances en los últimos años. Con el rescate de los bancos, los países están desesperados por cerrar los paraísos fiscales. Y lo que vemos es que estos paraísos no son desconocidos o lugares no seguros del mundo. Están bajo la jurisdicción de los países ricos y exitosos. Suiza, el país de donde yo vengo, tiene un tercio de la riqueza privada del mundo. Y está ahí no porque no paga impuestos, sino porque el gobierno es muy bueno y uno va a recibir los servicios por los impuestos que paga. Las islas Caimán, Dellaware en Estados Unidos, son otros lugares.

Es una cuestión de la voluntad política de los países ricos, ellos tienen que sincerar estos paraísos fiscales. Y ahí hemos visto algún avance.

Obviamente, otro punto es que tenemos que pensar en opciones para el sistema financiero, que básicamente ha sido un gran motor para que los ricos sean más ricos y que controlen gran parte de nuestra economía. Hay que volver a los servicios públicos, un servicio que realmente atienda y sirva a las sociedades. Necesitamos pensar más en este concepto de bancos públicos, que podría ser un contrapeso al sistema de los bancos privados. Se puede aprender algo de los grandes bancos públicos de Brasil y de otros países que mantienen la capacidad de que el Estado puede financiar las inversiones a largo plazo y que no cree una situación como en Europa, donde pasamos una etapa de total locura.

Para darles un ejemplo, el Banco Central Europeo toma un billón de euros, se los da al sector privado a un 0 por ciento de interés, porque el sector bancario privado debería evaluar la capacidad crediticia de los gobiernos y entonces el gobierno italiano y el español no pueden tomar en préstamo de este crédito de los bancos privados a un 4 por ciento. Entonces, el Estado en la forma del Banco Central da un billón de euros por nada a los bancos privados y los Estados piden prestado este dinero a un 4 por ciento de interés. Lo que quiere decir que tenemos un regalo de 40 mil millones para el sector privado que se traduce en bonus para los bancarios exitosos. Sin sentido, simple- mente porque existe una ideología que dice “bueno esto es más confiable que financiar directamente al Estado”.

Con el rescate a los bancos, los países están desesperados por cerrar paraísos fiscales, los cuales están bajo jurisdicción de los países ricos

Ahora, quiero pasar al tercer grupo que me parece que es la opción de política para la clase media. Yo creo que si queremos mantener este compromiso de la clase media con los servicios públicos, estos no pueden ser sola- mente para los pobres. Una de las experiencias más deprimentes en países como Sudáfrica es que aumentó el gasto en salud muchísimo, pero sola- mente fueron a través de un sistema de seguro de salud privada para los ricos, porque los ricos sentían que el sector público era tan pobre que no querían ser tratados ahí. Entonces se compraban un seguro privado. Si queremos tener un compromiso en la sociedad y que la clase media sienta que este servicio público tiene sentido, hay que encontrar servicios públicos que sean atractivos para la clase media también.

El segundo punto es que gran parte de los trabajadores calificados y las personas capacitadas son clave para aumentar la productividad del país. Entonces hay que pensar cuáles son las buenas políticas para aumentar la productividad. Se puede hacer mucho en ese sentido, también en el mercado laboral. Pero hemos visto a través de la investigación que países que tienen mercados laborales más estables, donde la gente sabe que si hay cambios en las empresas no la van a echar de inmediato y donde la gente se puede involucrar en el desarrollo de ideas nuevas en el trabajo, con mercados laborales más regulados, tenemos mejor productividad y mejor performance. Y la performance es clave para aumentar la riqueza y reducir la desigualdad. Obviamente tenemos una mejor distribución de ingresos si tenemos un nivel de salarios no por empresas sino más parejo en todo el país y si se reduce el empleo precario.

El desafío que tenemos es poder asegurar que el riesgo en la economía de mercado esté compartido entre el Estado, el capital y el trabajo

Lo que sabemos en nuestra sociedad es que hay una lucha constante en estas cuestiones sobre la distribución y quien asume el riesgo de la economía de mercado y quien se beneficia. Lo que podemos ver es que en los últimos treinta años el ritmo ha cambiado y el peso ha pasado a los trabajadores. El desafío que tenemos es poder asegurar que el riesgo en la economía de mercado esté compartido entre el Estado, el capital y el trabajo.

Una investigación analizó la distribución del ingreso entre el 40 por ciento más bajo, el 50 medio y el 10 por ciento superior en 131 países. Lo interesante que descubrió es que, en gran medida, el grupo de ingresos medios en casi todas las sociedades tiene la misma participación en los ingresos, que está entre el 50 por ciento y el 60 por ciento de los ingresos nacionales. La diferencia es que en las sociedades desiguales, los que están más arriba reciben mucho y el 40 por ciento que está más abajo recibe muy poco. Lo que podemos ver es que en las sociedades más desiguales existe básicamente una alianza entre la clase media y la alta. La clase media apoya medidas represivas contra los de abajo y no comparte la riqueza, porque siente que si los ricos no lo hacen, ellos tampoco deben compartir. Así, tenemos una doble presión sobre los de abajo. En cambio, en las sociedades más igualitarias existe la alianza entre las clases bajas y las clases medias contra la clase alta. Y este es el gran desafío político si queremos abordar la desigualdad: cómo crear alianzas que no disminuir la desigualdad.

 

EL PODER

En esta lucha por la distribución, ¿quién tiene el poder? Podemos ver el poder institucional, que se compone básicamente de dos elementos. Por un lado, podemos tener un movimiento laboral como un sindicato, o podemos ser parte de una institución, somos parte de la toma de decisiones cuando se nos consulta y tenemos cierta influencia. Normalmente, el poder institucional podríamos decir que responde a la lucha de clases del pasado que nos ponen en un cierto lugar en la sociedad. Pero también tenemos poder institucional que puede estar en nuestra contra, como por ejemplo, los bancos centrales independientes que sacan del proceso democrático la cuestión de la política monetaria. El poder clásico para los sindicatos era el poder industrial, por ejemplo, declarando huelgas y etcétera. Pero esto es mucho más difícil ahora, con el sistema de producción global y las capacidades de las empresas de transferir la producción a otros lugares. Por otro lado existe el poder del voto. Uno tiene que construir alianzas para lograr un gobierno progresista. La capacidad del movimiento laboral de lograr las mayorías por si solo ha ido cayendo con la caída de la influencia de los sindicatos. Entonces, muchos partidos que tradicionalmente estaban preocupados por la desigualdad, como los socialdemócratas, cambia- ron sus programas y ahora apelan más a otros grupos de la sociedad, y muchas veces abandonaron estas políticas distributivas.

 

ÍNDICE DE GINI GLOBALES ESTIMADOS, 1820-2002

Fuente: Milanovic (2009)

Lo que tenemos que considerar son estos tres últimos puntos. El primero es el poder intelectual. Las ideas importan y, en este caso, lo primordial es la cooperación entre el movimiento sindical, los partidos laborales, los partidos progresistas y la comunidad académica. Hay que construir una narrativa, una historia, lo que pensamos que podría ser un concepto desarrollista diferente. Además, hay que demoler muchos mitos como aquellos que dicen que la desigualdad es justa o inevitable. Tenemos que desarrollar un pensamiento alternativo y una estrategia.

En segundo lugar, hay que apelar a lo que llamo poder moral. La intuición de la mayoría de las personas es que los niveles de desigualdad que vemos hoy son obscenos, injustos y que deberían cambiarse porque ya hemos visto demasiado. Este poder moral tiene que ser usado mucho más. Hemos visto que durante veinte años estuvimos hablando de los desafíos de las condiciones laborales como en las industrias textiles de Bangladesh, y no pasó nada. Hasta que ocurrieron esas tragedias en las que murieron miles de personas y entonces sí se les prestó atención. Lo que vemos frente a la justicia y la desigualdad es una cuestión global que dice que estas cosas tienen que cambiar.

Por último, tenemos que pensar en nuevas alianzas. Mi sensación es que existen muchos grupos diferentes que no están contentos con ciertos elementos de la sociedad, que no se relacionan con los demás, y solamente podemos lograr una posibilidad de cambio si todos los grupos diferentes pueden identificar sus preocupaciones en un problema general. La desigualdad es un problema que puede relacionarse con muchos grupos diferentes de la sociedad, si queremos cambiar algunas cosas. Desde la desigualdad por género hasta la desigualdad basada en clases. Hay una clara cuestión de que estos problemas no se van a poder abordar si no abordamos la desigualdad.

Esto va a requerir más inclusión en la cuestión de la Justicia, si queremos tener más oportunidades de educación para la sociedad en general, si no queremos perder la inteligencia de los jóvenes, tenemos que abordar la cuestión de la desigualdad para tener una vida mejor.