Revista N° 55 - 2011
DebatesSegún un estudio realizado por el autor, las superficies utilizables son muy extensas a escala mundial, sobre todo en América del Sur y en el África subsahariana, y parecerían superar a las necesarias para garantizar la seguridad alimentaria de la humanidad.
El reciente incremento en los precios internacionales de los productos agrícolas ha despertado nuevamente cierto interés por los análisis de David Ricardo y Thomas Malthus con respecto a la relación existente entre las poblaciones humanas, la actividad agrícola y la naturaleza. De acuerdo al principio de población –según el cual las necesidades alimentarias de toda población humana tienden, debido al crecimiento demográfico, a aumentar más rápido que los recursos alimentarios de que disponen– y de la ley de rendimiento decreciente, tanto Ricardo como Malthus coincidían efectivamente en prever, a largo plazo, un alza de los precios agrícolas y consecuentemente, un aumento de la renta y del salario que vendrían acompañados de una disminución del beneficio. Todas estas tendencias desembocarían indefectiblemente en un estado estacionario. Concebida de este modo, la actividad agrícola choca contra una naturaleza avarienta que, de rebote, limita la acumulación del capital, las actividades humanas y la población.
Este artículo analiza en qué medida las tierras cultivables del planeta son hoy un recurso escaso, susceptible de limitar la producción agrícola. Para ello, vamos a presentar las principales bases de datos existentes sobre tierras cultivables y tierras cultivadas, en grandes regiones, en particular, y en el mundo, en general. Analizaremos, entonces, los resultados y también los límites de esos resultados, referentes a la situación contemporánea y a sus posibles evoluciones. Luego lograremos obtener una enseñanza en materia de prospectiva agrícola y alimentaria, de desarrollo de cultivos para los agrocarburantes y de políticas públicas.
Las principales características de las tres bases de datos más importantes y accesibles en los usos agrícolas –efectivos o potenciales– de las tierras a escala mundial son:
La base de datos estadísticos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), FAOSTAT, y dos bases que combinan informaciones de origen estadístico y satelital: la del estudio Global agro-Ecological Zones (GAEZ) del International Institute for Applied Systems Analysis (IASA) y de la FAO; y la del Center of Sustainability and Global Environnement (SAGE) de la Universidad de Wisconsin, que tambien figura en algunos trabajos del Global Trade Analysis Project (GTAP).
El método de estimación de tierras cultivables del SAGE difiere del método utilizado por GAEZ en varios puntos importantes. El SAGE toma menos en cuenta las características edáficas de los distintos ámbitos y no compara de manera teórica esas características con las necesidades de cierta variedad de plantas, ni se interesa por el rendimiento seguro para distinguir los diferentes grados de aptitud para llevar a cabo el cultivo, ni tampoco los diferentes modos de gestión de esos cultivos. La gestión del SAGE tiene carácter más empírico en la medida en que declara la existencia de tierras cultivables tras haber analizado los datos concernientes a las características de esas tierras y su efectividad para el cultivo, en tal o cual región. Tiene también un carácter más global porque considera a todas las tierras existentes, sin distinción. Por eso ambos estudios tienen algunos puntos en común, que inciden también en sus límites: un análisis agroecológico sin tener en cuenta (o casi) aquellos factores económicos o sociales que influyan en el cultivo de las tierras y en el uso alternativo de las mismas, en las posibles transformaciones territoriales, y en la ausencia de un análisis sobre la eventual evolución de esas tierras con posterioridad a su cultivo.
Conociendo las diferentes categorías de superficies cultivables de la tierra (aquéllas más o menos convenientes para el cultivo, cubiertas o no de selvas), y tal como fueron evaluadas por el estudio GAEZ, así como por lo declarado por la FAO en 2005 sobre superficies cultivadas, se puede calcular la posibilidad de extensión de tierras cultivadas a escala mundial y en las distintas regiones. Desde esta perspectiva vamos a examinar tres hipótesis: En la primera, muy restrictiva, se consideran cultivables las tierras muy aptas, aptas y moderadamente aptas según el estudio GAEZ, y se excluyen aquellas que estén cubiertas de selva como así también las superficies necesarias para la infraestructura urbana y otras áreas. Del mismo modo se considera que las tierras marcadas como poco aptas no deberían ser cultivadas.
En la segunda hipótesis, menos restrictiva, además de lo que precede, se considera que las tierras “poco convenientes” también podrían cultivarse, salvo aquéllas que estén cubiertas de selva.
En la tercera, la menos restrictiva, además de lo ya mencionado, se sostiene que todas las tierras cultivables cubiertas de selva también pueden ser cultivadas, lo que representa un tercio de las selvas del mundo y los dos tercios restantes quedarían entonces en pie.
Los resultados correspondientes deben ser interpretados con precaución. Además de las incertidumbres y los límites de las bases de datos, hay que tener en cuenta que esos resultados se refieren a extensiones de superficies cultivadas principalmente en zonas clasificadas actualmente como herbosas o arbustivas, o como praderas y pasturas permanentes (solamente en la tercera hipótesis las áreas cultivadas se extenderían en perjuicio de la selva), situándose eventualmente en zonas protegidas, sin saber de cuál de las dos se trata. Hay que agregar que las tierras están clasificadas como convenientes para el cultivo desde el momento en que al menos una de las ciento cincuenta y cuatro especies consideradas por el GAEZ llegue a alcanzar un rendimiento considerado aceptable. Esos elementos tienden a sobrestimar las posibilidades de extensión de las tierras cultivadas, aunque otros elementos tienden a subestimarlas: el estudio GAEZ considera no convenientes para el cultivo aquellas tierras de bajo rendimiento y no proyecta ninguna modificación susceptible de tornarlas cultivables.
Los cálculos indican que en la primera hipótesis, la extensión mundial de la superficie cultivada con respecto al año 2005 podría rondar las mil millones de hectáreas, lo que llevaría a multiplicarla por 1,7. Según la segunda hipótesis, esta superficie podría acrecentarse en aproximadamente 1.450 millones de hectáreas, es decir, en casi el doble (siempre sin tocar las selvas). Según la tercera hipótesis, podría aumentar en alrededor de 2.350 millones de hectáreas, vale decir, una multiplicación por 2,5. El resultado de nuestra primera hipótesis converge con la estimación de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y de la FAO sobre la superficie neta global aún disponible para el cultivo: esta estimación es de 547 millones de hectáreas, excluidas las selvas, las superficies necesarias para las infraestructuras, las tierras poco convenientes e incluso todas las zonas protegidas. Ahora bien, cuando deducimos de nuestro propio resultado la superficie de esas zonas, vale decir 481 millones de hectáreas, obtenemos una estimación de 527 millones de hectáreas (1.008 menos 481), muy cercana por lo tanto a las dadas por la OCDE y la FAO. Sin embargo, las posibilidades de extensión de las superficies cultivadas son muy diferentes de una región a otra. Son particularmente elevadas partiendo de la primera hipótesis tanto en América del Sur como en África. En la tercera hipótesis, las posibilidades de extensión serían mucho más grandes aún en América del Sur y en África Central, siempre y cuando se roturen, respectivamente, algo más de la mitad de las selvas en América del Sur y dos tercios de las mismas en África Central.
En esta última hipótesis aparecen vastas superficies disponibles también en América del Norte y en Rusia. En cambio, en Medio Oriente y en Asia, las superficies ya cultivadas exceden en general a las que podrían cultivarse según las tres hipótesis analizadas, vale decir que las áreas ya cultivadas superan las superficies que se estiman convenientes para el cultivo, según el estudio del GAEZ: ninguna extensión de tierras de cultivo pluvial parece entonces posible si se tienen en cuenta los métodos utilizados para evaluar la aptitud de las tierras para el cultivo. No obstante, no es el caso de la hipótesis tres en Asia del Sudeste y en Japón: allí, la roturación de las selvas situadas sobre tierras cultivables, es decir, un poco menos del veinte por ciento del total de las selvas, permitiría extender las superficies cultivadas.
Las bases de GAEZ y SAGE proyectan las posibles evoluciones de las superficies y la localización de tierras cultivables, en función de diferentes argumentos sobre el cambio climático. Según el GAEZ, todos los escenarios conducirían a una extensión débil (del 1 al 6 por ciento) a escala mundial, de las superficies cultivadas con cereales. Pero en los países emergentes, las superficies cultivables disminuirían de 1,3 al 11 por ciento, según los esquemas, y aumentarían notablemente, de 11 al 25 por ciento, en los países desarrollados.
Los resultados del SAGE convergen con los del GAEZ en su indicación sobre zonas bastante extensas, no cultivables en el clima actual por insuficiencias en las tempera-turas, que podrían tornarse cultivables, es decir, zonas septentrionales del Hemisferio Norte (norte de Canadá, de Europa, de Rusia, de Mongolia y de China); australes del Hemisferio Sur (sur de Chile y de la Argentina, y de Tasmania y Nueva Zelanda) y montañosas, principalmente en los Andes y el Himalaya. En cambio, las regiones tropicales perderían tierras cultivables, sobre todo en las zonas cercanas a regiones actualmente áridas volviéndose áridas ellas también por efecto del calentamiento, y lo mismo pasaría en África, en el norte de América Latina hasta México y en Oceanía.
El GAEZ analiza también las consecuencias de extender al máximo la irrigación en tierras cultivadas con cereales. Por eso parte de la hipótesis de que se traería toda el agua necesaria para los cultivos en terrenos de poca pendiente y preparados para la irrigación. Hay que tener en cuenta que para conocer las posibilidades reales de una extensión de la irrigación, habría que estudiar además las disponibilidades efectivas de agua y evaluar, técnica y económicamente, la factibilidad de estas transformaciones en las regiones concernientes. Según este estudio, la irrigación permitiría aumentar las superficies aptas para el cultivo de cereales en un ocho por ciento en el mundo, en un trece por ciento en los países desarrollados y en un siete por ciento en los países en desarrollo. Sin embargo, las posibilidades de extensión serían superiores al veinticinco por ciento en Asia Central y sobre todo en Medio Oriente, donde los márgenes de extensión para los cultivos pluviales parecen inexistentes.

La validez de los estudios presentados está obligatoriamente restringida por los propios límites de las bases de datos: márgenes de error inherentes a las bases de datos estadística y satelital; imprecisión o uso ligero de ciertas definiciones; lagunas; análisis esencialmente agroecológicos y estáticos, que no permiten rever las áreas de las diferentes categorías de tierras cultivables según su provecho o sus usos actuales, salvo en lo concerniente a las selvas.
Estudios complementarios podrían relacionar los datos sobre las diferentes categorías de tierras cultivables con los datos –a escala mundial, regional y nacional– sobre tierras ya cultivadas, pasturas permanentes y recarga de ganado; sobre la densidad de población humana, infraestructuras urbanas o de otro orden, degradación del suelo y zonas protegidas; sobre la disponibilidad de agua para la irrigación de las zonas en cuestión y sobre aquellas zonas bajas que podrían ser invadidas por los mares, de acuerdo a ciertos efectos del recalentamiento climático. Hay que tener en cuenta todas las informaciones sobre la posibilidad de bonificar las tierras con diversas modificaciones (además de la irrigación) tales como el drenaje, el abono, el terraplenado, que también es necesario, pero por lo que sabemos, no existen bases de datos sobre estos temas a escala mundial, regional y nacional.
A pesar de estas limitaciones, los resultados del presente estudio permiten dar claridad a muchas investigaciones actuales sobre la prospectiva agrícola y alimentaria mundial, sobre la posible extensión de superficies cultivadas para producir agrocarburantes, lo que deja enseñanzas en lo concerniente a políticas públicas.
Entre los argumentos de prospectiva agrícola y alimentaria que han sido elaborados, nos hemos quedado con dos, que son muy contrastantes: el de la FAO y el estudio Agrimonde I. El argumento de la FAO prevé que entre 2000 y 2050, el noventa por ciento del crecimiento de la producción agrícola mundial va a provenir del acrecentamiento de los rendimientos y de la intensidad de cultivo (número de cosechas por año en una misma superficie), en tanto que el diez por ciento restante surgirá de la extensión de las superficies cultivadas: cifras próximas a las evaluadas en el período 1960-2000, vale decir ochenta y cinco y quince por ciento respectivamente. Este estudio prevé además una disminución de la aún persistente subalimentación. A partir de ahí, proyecta una extensión de las superficies cultivadas del mundo en setenta millones de hectáreas, sin tener en cuenta los cultivos para agrocarburantes. Ahora bien, según diferentes argumentos analizados por Günther Fischer, las superficies consagradas para esos cultivos alcanzarían un máximo de 58 millones de hectáreas en 2050. Por ello se estima que habrá alrededor de 130 millones de hectáreas cultivadas suplementarias en 2050, que es una cifra muy inferior a la estimación de las posibilidades de extensión según nuestra hipótesis uno, que es la más restrictiva, y que incluso fue corregida para tener en cuenta las zonas protegidas del mundo, lo que nos lleva a una estimación de 527 millones de hectáreas disponibles.
El argumento Agrimonde I contrasta fuertemente con el precedente porque cuenta con una extensión de superficies cultivadas a escala planetaria, entre 2000 y 2050, de 590 millones de hectáreas, de las cuales 224 millones son para agrocarburantes. Estas extensiones tienen lugar sobre todo en América del Sur y en África subsahariana. En efecto, este estudio explora las posibilidades de desarrollo de una “revolución doblemente verde”, que se traduciría en un notable crecimiento de las utilidades relativamente débiles, ya que se apoyaría esencialmente en una mejor aplicación de las funcionalidades ecológicas de los ecosistemas cultivados y en técnicas accesibles para los productores pobres. Esta propuesta prevé también en cada región la puesta en marcha de condiciones favorables para la seguridad alimentaria. La cifra de 590 millones de hectáreas es algo superior a las posibilidades de extensión evaluadas en nuestra primera hipótesis, que fue corregida para tener en cuenta zonas protegidas. Estimamos que según las hipótesis dos y tres, y descartando el cultivo de 481 millones de hectáreas de las zonas protegidas, sería posible extender las superficies cultivadas a 970 millones de hectáreas y a 1.875 millones de hectáreas respectivamente. Incluso estas cifras estarían aún subevaluadas en la medida en que tanto zonas protegidas, selvas y tierras poco convenientes para el cultivo fuesen acondicionadas. Bajo esta perspectiva, la cifra de 590 millones de hectáreas resultaría no sólo plausible sino también modesta.
En definitiva, de acuerdo a nuestros resultados y a los dos argumentos prospectivos que se tuvieron en cuenta, las superficies utilizables para el cultivo pluvial en el mundo son ampliamente superiores a las necesarias para asegurar las condiciones de seguridad alimentaria para el conjunto de la humanidad. Esta conclusión es veraz, aún poniéndose en el plano hipotético de que hubiera un crecimiento relativamente débil del rendimiento, en el ámbito de una “revolución doblemente verde duradera”, excluidas todas las selvas y zonas actualmente protegidas e incluso teniendo en cuenta los efectos justificados del recalentamiento climático.
Desde el momento en que las tierras usadas en cultivos pluviales (sin necesidad de irrigación) no son, a escala mundial y en algunas regiones, una fuente de recursos escasa que limite la producción agrícola y el consumo alimentario, los responsables de las políticas públicas relativas a la agricultura –nacionales o de cooperación internacional– tienen un buen margen para operar el desarrollo agrícola, que en el orden internacional será privilegiado.
Un primer camino a transitar, al que adhiere la mayoría de las instituciones a cargo, es el de terminar con las políticas y las prácticas que desde hace muchos decenios han favorecido el desarrollo agrícola competitivo, particularmente desigual e incluso contradictorio, caracterizado por el despliegue de la revolución agrícola contemporánea y la revolución verde, con un fuerte aumento de la productividad del trabajo y del rendimiento de la tierra por parte de algunas explotaciones familiares y de grandes empresas agrícolas del mundo, mientras cientos de millones de agricultores vieron su desarrollo interrumpido hasta bascular en la pobreza, en la subalimentación y, eventualmente, el éxodo y la emigración. A esos infortunios sociales se sumaron, en ciertas regiones, reveses ecológicos como la salinización, la disminución de las capas freáticas, la polución de los suelos y las aguas, la pérdida de la biodiversidad y la gran emisión de gases por el efecto invernadero.
Una vía alternativa es la de promover agriculturas diversificadas de rendimiento relativamente escaso, pero de bajo costo en insumos exteriores y energías fósiles, e incluso prescindir de ellos. Al tener pocos efectos negativos sobre el medio ambiente, de algún modo lo beneficiaría y aseguraría un medio de vida digno a casi tres mil millones de personas, que es la población agrícola del mundo.
Consideramos que la elección de esta vía alternativa requiere que sean fijadas tres prioridades en las políticas públicas relativas a la agricultura. La primera se refiere a los precios que se pagan a los productores agrícolas: se trata de verificar si hay una correcta remuneración por el trabajo correspondiente, que asegure rentas dignas, pagando los servicios y aplicando impuestos a los costos tanto sociales como ambientales en las diferentes modalidades de producción.
La segunda prioridad se refiere al acceso a las tierras: se trata de promover entornos jurídicos y legislativos transparentes, que aseguren a los agricultores que tienen una producción estable, el acceso perenne a esa tierra. (No es necesariamente una vía de propiedad privada). Esta prioridad aparece como particularmente necesaria en el actual contexto de inversiones extranjeras dirigidas al sector agrícola.
La tercera prioridad se refiere a la investigación, el consejo, la formación y difusión de los conocimientos: se trata de implementar un inventario de sistemas de producción agrícola que existen en el mundo y que respondan a los criterios ya enunciados, así como de orientar la diligencia agrícola hacia métodos de intensificación ecológica accesibles para los productores pobres. Esto implica una gestión participativa, que integre el saber científico general con el conocimiento específico local.
En el mundo contemporáneo, las penurias alimentarias no son accidentales, son estructurales y muy importantes: en efecto, habría que acrecentar la producción agrícola en un treinta por ciento aproximadamente, para asegurarle a toda la humanidad una alimentación correcta en calidad y no sólo en cantidad de calorías. Los resultados que acabamos de presentar muestran que la subproducción y la subalimentación mundiales no se deben a la falta de tierras cultivables. Los interrogantes cruciales al respecto tienen que ver con la manera en que los seres humanos movilizan sus fuentes de riqueza: se trata fundamentalmente, entonces, de cuestiones políticas de organización económica y social.