Revista N° 61 - 2014

Actualidad Internacional

Todos a la plaza

Por Victorio Taccetti
Ex vicecanciller de la República Argentina.

La ciencia política europea se encargó, durante largos años, de construir una antinomia irreconciliable entre democracia y populismo. Pero hoy, en el actual contexto de crisis mundial y frente a la debilidad de los gobiernos liberales representativos del Primer Mundo, esta disyuntiva debe ser puesta en entredicho. Críticas y aportes al concepto de populismo para repensar los procesos democráticos actuales desde una mirada latinoamericana.

La palabra populismo, como definición de un cierto tipo de régimen o estilo político, goza del privilegio de estar dotada de un extremo grado de ambigüedad y ambivalencia. Intentaremos convertir a este concepto en una categoría cognitiva útil y no en un mero caballito de batalla que sirve para calificar –o mejor dicho, descalificar– a gobiernos que a algunos no le resultan simpáticos.

En primer lugar, repasaremos las visiones tradicionales europeas, tanto en su vertiente liberal, que desprecia al populismo por la falta de adecuación al modelo de división de poderes, originado en Montesquieu, como en la vertiente marxista, que también lo desprecia por centrar su foco de interés en el pueblo y no en la clase.

Cotejando la definición con diversos regímenes históricos, trazaremos una suerte de topografía del populismo.

El segundo acercamiento estará centrado en pensadores de continentes que han sufrido la experiencia del colonialismo. A la luz de la creciente burocratización de los regímenes nominalmente democráticos de Europa, se plantean si la democracia representativa no termina siendo poco democrática y demasiado representativa. Consideran que “un poco de ruido en la plaza” no es malo, ya que acerca a los burócratas del gobierno a las necesidades y deseos de la gente.

Hasta ahora, Europa ha pensado a América Latina; Europa piensa, América Latina es pensada. Es hora de que la periferia asuma su protagonismo.

El populismo en la visión liberal europea

Entre las caracterizaciones europeas encontramos las siguientes:

  • Populismos rurales y populismos urbanos.

Entre los primeros podemos mencionar al U.S. People´s Party de Estados Unidos y a la Revolución Mexicana de 1910. Entre los populismos urbanos podemos mencionar O Estado Novo, impulsado por Getúlio Vargas en Brasil, el peronismo en la Argentina y el chavismo en Venezuela.

  • Populismos progresistas (o modernizantes) y populismos retrógrados (o reaccionarios).

Los primeros, ligados a un proceso de modernización de sociedades en transición, buscan expandir los beneficios de la modernidad y la inclusión en el escenario político de las masas hasta entonces excluidas, que ven en el líder populista el intérprete y el vehículo de sus aspiraciones de participación y de mejoría de su calidad de vida.

Una variante de los populismos retrógrados hace hincapié en la tradición, el nacionalismo y la xenofobia; mientras otra utiliza el estilo populista para impulsar una agenda estrictamente neoliberal de privatizaciones desvinculada del nacionalismo (Menem, Salinas de Gortari, Fujimori). Algunos autores denominan neopopulismos a estas experiencias neoliberales con el apoyo de movimientos de masas; otros han llamado pos-neopopulismos a fenómenos más recientes (Chávez, Lula, Kirchner, Evo Morales, Correa), aunque en realidad, no parece conveniente colocarlos en una misma categoría, dado que obedecen a lógicas económicas exactamente opuestas.

  • Populismos de los países centrales y populismos de los países periféricos.

Algunos pocos autores europeos incluyen entre los populismos a los regímenes de Hitler, Mussolini, Oliveira Salazar y Franco. Entre los populismos de países periféricos, se consideran los latinoamericanos ya mencionados y los de otros países extraeuropeos, como el Egipto de Gamal Abdel Nasser.

Va asociada generalmente a esta visión una situación de dominación colonial, política o económica, que se desea superar. Esto es claro en la mayoría de los regímenes modernizantes de América Latina. Cuando la calificación de populismo se extiende a regímenes europeos, se la vincula habitualmente a países relativamente periféricos, como la España de Franco o el Portugal de Oliveira Salazar. Los casos de Hitler y Mussolini no parecen estar relacionados con una situación de dependencia colonial, aunque esta inexistencia podría ser sólo aparente: en el caso de la Italia de la primera posguerra existía una situación de relativo subdesarrollo y de tardía industrialización. El deterioro económico rampante, a pesar de haber sido Italia uno de los vencedores de la guerra y quizá el que más territorios había ganado, convertía a la situación social en un caldo de cultivo adecuado para la aparición de líderes mesiánicos. En el caso de Alemania, si bien al momento del ascenso de Hitler era el país más desarrollado de Europa, el imaginario popular todavía exhalaba resentimiento por la humillación derivada del Tratado de Versalles, impuesto por los vencedores de la Primera Guerra y el sistema de tutela que equivalía a una situación cuasi colonial. Esta situación de anomia psicosocial favoreció –entre otras causales– el ascenso del Tercer Reich. Es decir, en ambos casos no existía una situación colonial fáctica, pero sí, una percepción de dominación foránea.

  • El populismo como emanación del subdesarrollo latinoamericano.

La mayoría de los autores europeos considera que América Latina y populismo van de la mano, que son casi sinónimos.

Loris Zanatta, por ejemplo, dice en Il populismo in America Latina. Il volto moderno di un im-maginario antico (Ricerche di storia política):

“América Latina, es sabido, es el paraíso del populismo. Lo ha sido en el tiempo de los Perón, los Vargas, los Cárdenas, que se repetían las recetas, tanto para citar los casos más famosos. Lo es aún hoy, cuando los que lo actúan son los Chávez, los Morales y sus mil émulos en los cuatro puntos cardinales de la región, en los parlamentos y los sindicatos, en los cuarteles, en los movimientos sociales, en las iglesias. De la Argentina al Ecuador, del Brasil a México, del Perú a Cuba, con las raras y parciales excepciones de Chile y Uruguay, el populismo es y ha sido durante gran parte del siglo XX uno de los rasgos endémicos de la vida latinoamericana: de la vida social y política, religiosa, artística e intelectual.”(…) “Que en definitiva, el populismo no sea ni de izquierda ni de derecha, o mejor aún ni sea sólo de izquierda ni sólo de derecha, ni ocupe un lugar fijo y determinado en la escala social no simplifica las cosas. ¿Acaso el Perón fascista de los cuarenta no fue luego invocado como el numen de la patria socialista treinta años después? ¿Y Vargas? El Vargas reaccionario del Estado Novo ¿no se convirtió más tarde en el padre de los pobres de la iconografía progresista? Y viceversa, Víctor Haya de la Torre, el campeón del populismo peruano en los años veinte, ¿no terminó a la derecha su largo viaje iniciado en la izquierda?”. “Privilegiar, en cambio, la apelación al pueblo para la construcción de una democracia más participativa, hace traslucir en el populismo un desarrollo de la “concepción democrática radical de Rousseau, Robespierre y Marx”.

Entre los populismos rurales podemos considerar a la Revolución Mexicana de 1910: Palacio Nacional, marzo de 1914, el general Eufemio Zapata frente a su guardia después de la ocupación de México DF

Indudablemente esta ligazón de un concepto con una región sin haberlo definido previamente no tiene sustento metodológico y constituye claramente un mecanismo ideológico, a-científico.

  • El populismo como vínculo directo del líder con el pueblo.

El gobernante populista desprecia el sistema institucional basado en la división de poderes, al estilo de Montesquieu, y prioriza su contacto directo con el pueblo. Casi todos los autores asignan centralidad a esta característica.

En Argentina, sociedad de masas, Gino Germani establece una vinculación negativa entre populismo y democracia, al indicar que el apoyo de la clase popular a un movimiento autoritario será mayor cuanto más traumática sea su integración política en el sistema democrático de partidos.

En declaraciones al diario Clarín, del 18 junio de 2006, Fernando Henrique Cardoso señala: “El populismo es una forma insidiosa del ejercicio del poder que se define por prescindir de la mediación de las instituciones, del Congreso y de los partidos, y por basarse en la relación directa del gobernante con las masas, cimentada en el intercambio de dádivas”.

Para Giorgio Alberti una de las características distintivas en Latinoamérica es la permanencia de una lógica anti institucional del movimientismo, opuesto al liberalismo democrático.

Peter Worsley enfatiza el peculiar vínculo que une a los líderes a la masa y afirma que uno de los atributos principales del populismo consiste en la relación directa entre el pueblo y el líder sin mediación institucional.

Otros autores, como Collier, Conniff y Canovan, consideran al populismo como una forma de autoritarismo.

En definitiva, el líder populista confía más en su contacto directo con las masas que en los procedimientos del constitucionalismo liberal (intervención del parlamento, control judicial, etcétera).

En Ricerche di Storia politica Tag-gart y Hermet expresan que “la democracia representativa no parece ser una condición necesaria de este modelo, ya que la confianza en el pueblo que se moviliza por sí mismo, la interpretación de sus necesidades y de su voluntad, constituyen de por sí otro género de democracia, en cuyo contexto el derecho de quien gobierna se basa en una transmisión del poder soberano del pueblo al líder”.

  • El populismo como aquel que promete resultados de imposible realización.

El líder populista hace promesas económicas irresponsables e incumplibles.

Para Dornbusch y Edwards, todo aquel gobierno latinoamericano que ha implementado una política macroeconómica expansiva e irresponsable es populista. Enfatizan la irresponsabilidad en la implementación de políticas macroeconómicas con fines redistributivos como el rasgo definitorio del concepto.

Se vincula el populismo a la demagogia. Por ejemplo, la Venezuela de Chávez se financia a través de los altos precios del petróleo, aún cuando haga una gestión ineficiente del recurso.

También se da como característica de este enfoque economicista del populismo, la afectación de los intereses de compañías extranjeras.

Los altos precios de los commodities son para estos autores la base de financiación del liderazgo populista.

  • El populismo y el manejo de los medios de prensa.

A los efectos de mantener bajo control a la opinión pública, el líder populista persigue o presiona a los medios de comunicación social que mantienen opiniones contrarias al gobierno.

  • El populismo como impulsor de políticas macroeconómicas contrarias a los mecanismos de mercado.

Dice José Pablo Feinmann en Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina, que “la disyuntiva entre liberalismo y populismo es la disyuntiva entre mercado y Estado. Para el populismo, la única posibilidad de derivar las ganancias de las empresas hacia los sectores populares es que el Estado intervenga en la economía, regule el mercado e impida que esas empresas se apropien de él”.

Los altos precios de los commodities son, para la concepción de Dornbusch y Edwards, la base de financiación del liderazgo populista

  • El populismo como una forma del autoritarismo de masas.

Existe un acuerdo generalizado acerca de este rasgo: el líder populista tiene un contacto directo con el pueblo, que participa de modo importante en el proyecto al que lo convoca el líder, generalmente de características carismáticas de corte autoritario.

Alberti, entre otros, entiende que el populismo siempre conlleva ingredientes importantes de autori-tarismo. Canovan habla de Populist dictatorship –dictadura populista– y Gino Germani establece una vinculación negativa entre populismo y democracia.

  • El populismo y la confrontación.

Está bastante generalizada la idea de que el populismo elige la confrontación. Para Giorgio Alberti, por ejemplo, el populismo presupone siempre una lógica amigo-enemigo; el líder siempre necesita identificar un enemigo para reafirmar su liderazgo.

Entre estos pueden mencionarse: la oligarquía, Estados Unidos, el imperialismo, la sinarquía internacional y sus representantes o las compañías extranjeras.

Por supuesto, esta característica también adorna la política de países que raramente reciben el mote de populistas, como es el caso de Estados Unidos, que ha tenido, históricamente, una sucesión de enemigos. También Margaret Thatcher, a lo largo de su prolongada permanencia de once años en el poder, usó este recurso en diversas oportunidades, tal como hizo en su lucha contra el Ejército Republicano Irlandés, en el hundimiento del crucero Belgrano en la Guerra de las Malvinas, etcétera.

  • El discurso populista es siempre ideologizado.

Para un líder populista, todo logro de gobierno (una ruta, un plan de viviendas populares o una obra pública) no es sólo eso sino un paso hacia el logro de un objetivo mítico como “la liberación” o el “antiimperialismo”.

  • El populismo como un estilo, no como ideología.

Para Laclau, el populismo puede adoptar formas de izquierda y de derecha. Es, simplemente, una forma de construir lo político, basada en asumir y canalizar las demandas de los excluidos, de los underdogs de la sociedad. Lo define también como una lógica política.

Tarchi, en L’Italia populista, señala que “el populismo no es una ideología, sino más bien la mentalidad, la forma mentis, vinculada a una visión del orden social en cuya base está la creencia en las virtudes innatas del pueblo, cuya primacía como fuente de legitimación de la acción política y gubernativa es aparentemente reivindicada”.

La visión marxista del populismo. Pueblo y clase

Mientras el marxismo clásico siempre usa como herramienta fundamental de análisis el concepto de clase, el populismo gira en torno a la construcción del pueblo, que incluye, no sólo a un sector, sino a todos los integrantes de una sociedad.

Para los autores marxistas, las políticas populistas tienen un barniz popular, aunque en realidad no son anti statu quo, sino que más bien procuran mantener el poder real en las mismas manos. En este sentido, el populismo sería una política gatopardista. Engels expresa su desconfianza en el pueblo de este modo: “El lumpenproletariado, en las grandes ciudades, es el peor de los aliados posibles. Esta escoria es absolutamente venal… cada líder de los trabajadores que usa a estos malandrines como guardias o confía en ellos para que lo apoyen, es un traidor al movimiento”.

En cambio, Frantz Fannon, desde una perspectiva anticolonial africana, dice -según cita Laclau en On Populist reason-: “El lumpenproletariado, una vez constituido, pone toda su fuerza para poner en peligro la seguridad de la ciudad, y es el signo de la irrevocable decadencia, de la gangrena siempre presente en el corazón de la dominación colonial. De tal modo los gigolós, los vagos, los desempleados, los pequeños criminales… se arrojan a la lucha como verdaderos trabajadores. Estos desclasados serán militantes y su decisiva acción descubre la senda que conduce a la nacionalidad… Las prostitutas también, las sirvientas que ganan dos libras al mes y circulan entre el suicidio y la locura, van a recuperar su equilibrio y van a marchar hacia adelante en la gran procesión de la nación que se despierta”.

Topografía del populismo conforme a la visión Europea

Dotados de estos rasgos definitorios, podemos aplicarlos a realidades concretas en el mundo, para ver a quienes se les puede aplicar el rótulo de populistas.

Veremos así que, contrariamente a lo que admite la mayoría de los autores europeos, estas características se pueden aplicar legítimamente a diversos gobiernos del viejo mundo. Silvio Berlusconi puede ser calificado como netamente populista. Su gobierno se ha caracterizado por violaciones sistemáticas de la independencia de la justicia mediante el recurso a la aprobación de leyes especiales que lo eximían de responsabilidad penal.

Margaret Thatcher, en su modelo populista, combina los temas resonantes del Torysm –nación, familia, deber, autoridad, reglas, tradicionalismo– con los temas agresivos del neoliberalismo –egoísmo e interés propio, individualismo competitivo, antiestatismo– y llegó a usar el en-frentamiento bélico con la Argentina de 1982 para satisfacer propósitos de política interna, sabiendo que aumentaría dramáticamente su popularidad, que estaba en franca caída. Esto la llevó incluso a ordenar el hundimiento del acorazado Belgrano, que se encontraba muy lejos de la zona de guerra, en fragrante violación de las normas internacionales.

Ronald Reagan prometió un mayor bienestar a su pueblo, pero aumentó astronómicamente el déficit fiscal, endeudando por un largo tiempo a su país.

George W. Bush prometió, para ganar las elecciones, triunfos bélicos que nunca llegaron y, en cambio, sumió a su país en un déficit fiscal sin precedentes.

Nicolás Sarkozy apeló a recursos xenófobos como la expulsión de ciudadanos rumanos para satisfacer el sentir de algunos franceses, violando así las normas de libre circulación de la Unión Europea.

David Cameron hace gala de un acendrado anti europeísmo aún cuando en realidad el ochenta por ciento de la exportación británica se dirige a la Unión Europea.

Democracia popular  vs. democracia elitista. La visión latinoamericana del populismo

A la luz de la teoría clásica sobre la democracia, basada en las ideas de la división de poderes, y de las percepciones europeas actuales acerca de la democracia, vale preguntarse si no será el populismo una expresión de la transición hacia la democracia en países con un régimen representativo restringido y oligárquico; o aún más, un fenómeno que realmente profundiza la democracia frente a la burocratización de sistemas representativos cada vez más indirectos (como la designación de los líderes de la Unión Europea), expresión del deseo de los pueblos por retornar a una legitimidad basada en la voluntad popular. Quienes critican al populismo, ¿estarán expresando su desconfianza y disgusto profundo por la bullanguería popular?

Como dice, entre otros, Fareed Zakaria, democracia y liberalismo no siempre van juntos, ya que hay sistemas liberales no democráticos (por ejemplo, la administración británica de Hong Kong hasta su transferencia a la China) y sistemas democráticos no liberales (que él llama democracias cesaristas).

En palabras de Laclau, “la conexión entre las demandas democráticas y el liberalismo se ha manifestado como puramente contingente, muchos regímenes formal-mente antiliberales han sido el único marco posible para el avance de esas demandas democráticas”.

El Partido Laborista fue fundado  después del 17 de octubre de 1945.  El mismo fue constituido por los sindicatos que venían actuando con Perón desde 1943 para organizar el apoyo a su candidatura presidencial en las elecciones del 24 de febrero de 1946

“Por un lado tenemos la tradición liberal constituida por el imperio del derecho, la defensa de los derechos humanos y el respeto de las libertades individuales; del otro, la tradición democrática, cuyas ideas principales son la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. Entre estas dos distintas tradiciones existe sólo una articulación histórica contingente”.

Esta desconfianza del pensamiento europeo hacia el populismo se debe en parte a que muchos auto-res lo consideran como un fenómeno profundamente antiliberal. Laclau expresa sus sospechas respecto de las razones para este visceral rechazo: “¿Por qué abordar estos temas discutiendo sobre el populismo? Por la sospecha, que he tenido por mucho tiempo, de que en el rechazo del populismo está involucrado mucho más que el relegar una serie de fenómenos periféricos a los márgenes de la explicación social. Lo que está involucrado en tan arrogante rechazo es, pienso, el rechazo de la política tout court, y la afirmación de que el manejo de la comunidad constituye la responsabilidad de un poder administrativo cuya fuente de legitimidad es el correcto conocimiento acerca de qué es una ‘buena’ comunidad”.

Si analizamos los sistemas políticos de los países desarrollados, vemos que incrementaron sus características burocráticas, como en la crisis de 2008

A modo de ejemplo de esta desconfianza sirve citar el libro The German Parliament, de Edmund Budrich, que relata la historia de la integración entre la República Federal de Alemania y la ex República Democrática Alemana y dice: “La quintaesencia de los instrumentos de transformación política de Alemania del Este en 1989 y 1990 –el rol de las demostraciones de masa como fuerza impulsora de la revolución pacífica, el rol político clave que desempeñaron los movimientos de acción ciudadana y el estatus de las mesas redondas– fueron cruciales en la conversión de la dictadura comunista en una democracia parlamentaria; sin embargo, desde una perspectiva histórica, sólo jugaron un papel transicional… las mesas redondas no podían ser un sustituto de los parlamentos democráticamente legitimados. Ellas terminaron su rol una vez que las elecciones democráticas marcaron el fin de la democracia transicional… Sobre todo, la espontaneidad de las demostraciones de masa no podía ser mantenida.” ¿Qué son las mesas redondas?

Para muchos observa-dores del panorama político europeo, “las elites del poder, especialmente las políticas, han traicionado al pueblo al no cumplimentar ya las funciones para las que han sido designadas: es necesario restaurar la primacía del pueblo”.

Si analizamos los sistemas políticos de los países llamados desarrollados, observamos que han incrementado sus características burocráticas, como se vio en la crisis iniciada en 2008. Por un lado, el ciudadano común pasa un tiempo cada vez menor pensando en la política, interesándose por la vida y el acontecer públicos, y deja cada vez más espacio a las decisiones de organismos tecnocráticos. Un muy leve repunte del interés se verifica cada dos, tres o cuatro años, en ocasión del acto eleccionario y aun este interés está limitado a poca gente. En Estados Unidos, si se deduce del total de la población el número de los niños e incapacitados que no votan, los residentes extranjeros, los adultos que no se han registrado como electores y, finalmente, el número de los registrados que no se presentan al comicio, vemos que el presidente norteamericano, la posición más poderosa de la tierra, es elegido por un porcentaje pequeño de la población que general-mente no supera al veinte por ciento del total.

Para Huntington, el orden es un objetivo de las sociedades en desarrollo, con independencia de que sea democrático, autoritario o libreempresista

Este Estado burocratizado ofrece, en un clima de benevolencia, muchas opciones, pero en realidad éstas son más o aparentes que reales. Benjamin Barber en Jihad vs. McWorld da un excelente ejemplo de esto: un ciudadano norteamericano puede optar, al comprar un automóvil, entre numerosísimas posibilidades: sedán, coupé, japonés, norteamericano, europeo, con cambio automático, pero es imposible optar por un transporte público, prácticamente inexistente en la mayoría de las ciudades de Estados Unidos.

La preocupación por caer en un exceso de democracia, percibido como un camino al desorden y al caos, está presente en la mente de muchos dirigentes. Un buen ejemplo es el artículo de Howard Wiarda publicado en el Washington Post el 11 de agosto de 1997, donde, lejos de compartir el sentimiento de avance político que recorrió México, expresó sus preocupaciones frente al posible “exceso de democracia”: “Obviamente Estados Unidos desea un México democrático; no hay otra opción para la política norteamericana.

Pero aún más, deseamos un México estable; la cuestión es saber si lo primero es garantía de los segundo. Los tantos están muy justos. Claramente, el viejo régimen mexicano, corrupto, basado en el patronazgo, autoritario, a menudo represivo, ya no es más viable. Necesita cambiar. Si empujamos demasiado rápido y con mano demasiado pesada, en demasiadas áreas y desde fuera, usando criterios y procedimientos que no se ajustan o son disfuncionales al contexto mexicano, podríamos –con la mejor de las intenciones– desestabilizar a México. Esto podría resultar en millones de mexicanos lisa y llanamente cruzando la frontera de los Estados Unidos”.

Otros pensadores muy afamados, como Samuel Huntington, consideran que en los momentos de cambio del modo de producción, una estructura democrática y participativa es anti funcional. Para este autor, el orden en sí mismo es un objetivo importante de las sociedades en desarrollo, con independencia de que el orden sea democrático, autoritario o libreempresista: Los estudiantes universitarios alienados preparan la revolución. Cuanto más alto sea el nivel de educación de los desemplea-dos, alienados o insatisfechos, más extrema o desestabilizante resultará su conducta.

Esta preocupación por la participación del pueblo ha sido expresada así por Almond y Verba en The civil culture: “La comparativamente baja frecuencia de la participación política, su trascendencia relativa para el individuo y la debilidad objetiva del hombre común, permiten actuar a las elites del gobierno. La inactividad del hombre común y su inhabilidad para inferir las decisiones ayudan a que las elites gubernamentales tengan el poder que necesitan para tomar decisiones”.

Bachrach, en forma similar, sostiene en Political elites in a democracy, que “la pasividad política de la gran mayoría de la gente no es vista como un elemento del mal funcionamiento democrático, sino por el contrario, como una condición necesaria para permitir el funcionamiento creativo de la elite”.

Las decisiones son formalmente tomadas por representantes del pueblo, pero en realidad se toman en las oficinas de las corporaciones financieras

Algo similar pasa en Europa, donde los líderes que toman decisiones importantes o son elegidos sólo por una parte de los ciudadanos de la Unión o no son elegidos por nadie.

Estos autores preconizan, o al menos toleran como un mal necesario, durante la transición de países subdesarrollados hacia modos de producción capitalista, los regímenes autoritarios modernizantes, dejando la democracia para después.

Otro claro ejemplo es el artículo publicado por Carlo Galli en La Repubblica, el 10 de septiembre de 2012: “Por culpa de muchos años perdidos en la fase berlusconiana de nuestra política, en los que nadie, para no disgustar al electorado, se había preocupado por distribuir los costos [del ajuste] a lo largo del tiempo, el sistema económico y los ciudadanos han sido obligados a pagar dichos costos a partir del 2011 (en los últimos meses del gobierno de Berlusconi y en el gobierno de Monti). Estos dos errores unidos han provocado que el malestar social –que la ineptitud política agudizó– haya tomado en diversos Estados europeos la forma de una protesta política del pueblo contra los políticos y los técnicos: una protesta que, por lo tanto, tiene la forma del populismo y la anti política, pero que es, a todos los efectos, política. Mala política, pésima política. Porque no sólo es extremista, anti sistema, tendencialmente violenta, al menos en sus expresiones verbales, sino porque es totalmente ineficaz y no tiene ninguna chance de ser acción sino sólo protesta hipersimplificada, como es típico de los populismos, dirigida contra un enemigo inventado ad-hoc en cada oportunidad”.

Este sistema de democracia limitada o demo-burocracia ha sido expresamente desarrollado por Joseph Schumpeter en Capitalismo, Socialismo y Democracia, adoptaran al proponer que los países europeos al fin de la Segunda Guerra Mundial, este modelo de democracia, evitando la atomización del período de entre guerras, y definiendo a la democracia como “una competencia de las elites para obtener la adhesión del pueblo”.

Alain Touraine en ¿Podemos vivir juntos?, advierte acerca de este modelo de democracia reducida, animado de lo que él designa como espíritu whig: “El espíritu whig, que era el de Guizot y Burke, recuperó muchos partidarios: no corresponde al pueblo elegir una política; éste debe contentarse con escoger entre varios proyectos elaborados por una elite social o intelectual”.

Ha llegado la hora de pensar si un ingrediente de democracia menos burocrática, más cercana a la voluntad del pueblo, no ayudaría a renovar los sistemas políticos actuales.

Debemos intentar, en definitiva, superar el concepto de pueblo teórico, sustento de las demo-burocracias europeas basadas sólo en el gobierno de los que saben, que eligen sus líderes conforme a sistemas cada vez más indirectos, para afrontar el riesgo de asumir la presencia de un nuevo protagonista: el pueblo real, a través de mecanismos más participativos, como los plebiscitos y consultas populares.

Conclusiones

Si analizamos el panorama actual de la democracia liberal-representativa, vemos que las decisiones son formalmente tomadas por re-presentantes elegidos por el pueblo, pero que en realidad se toman en las oficinas de las grandes corporaciones financieras.

Estas decisiones incluyen temas centrales y fundamentales como los cambios de gobierno. En este sentido, se ven verdaderos golpes de Estado palaciegos producidos en países como Italia y Grecia, en los que el consenso de los poderosos ha designado gobiernos técnicos, un eufemismo para nombrar a los funcionarios a sueldo de esas corporaciones.

Incluso en España, el presidente del gobierno del conservador Partido Popular, Mariano Rajoy, designó como ministro de Economía al represente del banco Lehmann Brothers que con su quiebra desencadenó la crisis financiera de 2008. Es decir, estamos frente a una verdadera y auténtica democracia schumpeteriana, en la que la distancia real entre representados y representantes es enorme, hasta el punto que el contrato de representación se convierte en algo sustancialmente teórico.

Tenemos, por otra parte, los populismos latinoamericanos en los que el pueblo no sólo participa masivamente en las elecciones, sino en actos, ceremonias, protestas, piquetes, sin que se produzcan los episodios de brutal represión policial que hemos visto en la televisión del año 2011 en cunas de la democracia como Atenas, Londres, Madrid o Nueva York.

El supuesto populismo latinoamericano pone el acento en el pueblo real como protagonista del proceso político y objeta la centralidad que en el sistema político europeo se da a la entelequia sistema institucional, de la que el pueblo está cada vez más lejano.

Obviamente, este enfoque latinoamericano no está exento de peligros, ya que el pueblo concebido como una unidad cuasi-orgánica también puede convertirse en una entelequia, pues no es una unidad monolítica, al estilo de lo que planteaban las teorías organicistas, sino más bien un ágora, un foro, en el que se discuten y componen intereses diversos, muchas veces contrapuestos. Pero de todas maneras, debería reivindicarse la centralidad de la gente real que integra el pueblo como protagonista de la democracia, entendiendo como tal un sistema en el cual las mayorías gobiernan de un modo que respete los derechos de las minorías y genere un clima de tole-rancia y armonización de intereses, en la medida de lo posible.

No es admisible aceptar ingenuamente como verdad revelada el actual sistema occidental de demo-burocracia en que el dominio de la estructura y aparato estatales están en manos de minorías oligárquicas que se han apoderado del mundo a partir del auge del neoliberalismo financiero en la década del ochenta, basado en las políticas de liberalización financiera impulsadas por Reagan y Thatcher. Éste es el origen de la actual crisis europea que amenaza con extenderse a escala mundial.

Son estas minorías poderosas las que, justamente, no quieren aceptar el gobierno de las mayorías. Véase, en tal sentido, la campaña contra el presidente Barack Obama por haber impulsado un sistema comprensivo de seguro de salud.

¿Por qué debería este estilo bullanguero y participativo latino-americano ser menos democrático que el de los países desarrollados?

Podría pensarse que el rechazo al ruido, a la bullanguería proviene de pensar que la gente no participa en la arena política de modo espontáneo, sino acarreada, arrastrada. Es decir, en el fondo se piensa que se trata de gente no educada, poco dotada para la democracia, gente que no ha ido a buenas escuelas; en definitiva, gente inferior, o como decía Rodolfo Kusch, gente con hedor. Como vemos, hay líderes que han sido derrotados en la Segunda Guerra Mundial, que han muerto, pero sus ideas han trascendido y aún impregnan el subconsciente del Occidente Cristiano.

Seguramente, esta persistencia no genera optimismo hacia el futuro de las regiones que hasta ahora han liderado el mundo.